Bazar de deseos que aún no han sido anhelados por nadie.
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“Damos trabajo a miles de miserables” pensaba bajo el ruido ensordecedor del helicóptero. “A pesar de que muchos rechazan el sistema, éste les protege, les mantiene con vida, alimenta sus sueños” En el horizonte apareció un punto brillante, sobre el mar, el resplandor de esperanza.

Los guardaespaldas le abrieron la puerta, Rashid (el invencible), de joven aspecto y cuerpo fibroso, bajó del armatoste. Un buque de tamaño considerable le servía de apoyo a sus delicados zapatos. Le era difícil calcular el coste de aquello. Le seguía sorprendiendo todo lo que el oro negro puede hacer por un hombre.

El jefe del equipo les recibió con un parloteo técnico. Se dirigieron a las cubiertas inferiores, acompañados por su séquito de seguridad. En aguas internacionales todo puede pasar, para bien o para mal. Le hacía gracia que para su propósito tuviese que alejarse de cualquier normativa o legislación.

El científico a cargo le explicaba los avances de los últimos meses de forma apresurada. Allí a la deriva, alejados de cualquier distracción, solo se centraban en el trabajo. A Rashid le bastaba asentir y dejarse guiar por la gente a la que pagaba, los mejores en sus campos. Pasó a una sala bien equipada con toda clase dispositivos médicos. Curiosamente solo necesitaba un proceso similar a una diálisis.

El cóctel de células madre, genéticamente alteradas, recorrería sus venas durante unas horas, y posteriormente esperaría en una cámara hiperbárica. Allí podía pensar, y agradecer de forma silenciosa la entrega de sus trabajadores, algunos de los cuáles ocupaban labores mucho menos satisfactorias. La sociedad, para bien suyo y de otros muchos funcionaba.

Siempre que terminaba se sentía extraño, como si la vida nueva fuese reemplazándolo paulatinamente, alejando la muerte hasta terminar con ella, para siempre. Para ser realmente invencible. Volvió al helicóptero, sentía que lo estaban consiguiendo, él debía perdurar.

El sistema debía perdurar.