Bazar de deseos que aún no han sido anhelados por nadie.
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El silenciador de la 9 milímetros empujó la puerta entreabierta. “Te lo voy a poner fácil, no tienes que preocuparte” se escuchó en el interior. Una silueta en la oscuridad de la habitación le esperaba.

“Nunca pedí este tipo de vida. Estoy rota de tanto sufrir, esas caras desencajadas y la desesperación en sus ojos lo eclipsan todo.” – hablaba pausadamente mientras desprecintaba un Macallan del 47 y su redentor avanzaba apuntándola.

“Lo peor es que acabas acostumbrándote y se convierten en lo único que conoces, la sangre es lo de menos. Pero podría ser peor créeme. Ahora estoy en paz porque se que ya no habrán más.” Disponía las copas, entretanto empezó a escucharse un titilar metálico cada vez más cerca.

“Los rituales son necesarios, te convierten en lo único que puedes odiar ” – seguía diciendo mientras llenaba los recipientes con el líquido dorado. El palpitar del juego del gatillo, casi imperceptible, era una oración para ella. Se llevó el cristal a los labios, un diminuto éxtasis de placer se deslizó por su garganta, intentando rescatarla de si misma, venerándola.

Un triángulo de tres impactos en su pecho, al fin la liberó. Encima de la mesa, quedaba otra copa de whisky, llena.