Bazar de deseos que aún no han sido anhelados por nadie.
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La cara triangular y esos ojos saltones le recordaban a una joven inocente, un tanto surrealista. Pero carente de magia, de un toque que la hiciera especial. Trataba de inseminar las mentes llenas de actitudes cotidianas, que no solían gestar ninguna idea elevada por mucho tiempo. Estaba demasiado obsesionada, necesitaba distanciarse.

La llama rojiza encendió el cigarrillo. Afuera la gente distante, con sus abrigos modernos, desteñía las calles. “Imbéciles que andan sin un destino real” – pensaba mientras los observaba tras el cristal. Si tan solo pudieran expresarse de forma auténtica, o inspirar vida de los colores que los rodean como ella solía hacía; el ser humano sería puro arte. Necesitaba captar ese destino inútil, plasmarlo. Mientras tanto, les sonreía lastimosamente recluida en el estudio.

Apagó el humo de la reflexión en la paleta, convirtiéndolo en un gris ceniza. Acto seguido, esbozó unos trazos sobre aquellos ojos saltones, arrastrándolos a la indiferencia, como dejados llevar por la corriente. Recogió los pinceles y los tiró a la basura, no le gustaba reutilizarlos pues siempre dejaban algún que otro rastro. Salpicó ligeramente el fondo de la tela con su mano, la que limpió con disolvente bajo el grifo. Las emociones tampoco debían escapar del lienzo, ni acompañarla más allá. Al fin terminó.

Intentaba que contemplaran sus obras.  El cúlmen de su trayectoria se exponía durante un par de días en la galería.

Al margen de los entendidos que escrutaban cada milímetro de aquella creación, OA se desvió ligeramente de su destino. Algo a través del cristal había captado su atención, un espíritu imperceptible se coló en su interior regalándole una idea, que empezó a crecer. Olvidó por un segundo a dónde se dirigía, luego continuó caminando.